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Se levantaron espesos huecos y murallas, fundida piedra inexpugnable. Cada cosa llegaba con su minuto encima como ciego jinete ensangrentado. Pasó, primero, la red metálica del miedo mordiendo el corazón del grito. Mas tarde y por todas partes
los vándalos del ìndice y la sombra con antorchas, con horcas y aguijones.
Pero sucede la Historia, finalmente:
hicieron temblar la tierra los anónimos, los obreros de la empecinada utopía, los maquinistas del basta y de la rabia, las costureras de banderas,
cada descalzo desafío. Uno a uno los dueños de las cosas, los ancestros de la victoria de la rosa, las comadronas con puñados de luz, desanudaron la red y abrieron el cielo. Ahora late bajo cada piedra un puño con hermano atento a la hora.
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